Sólo 50 años estuvo entre nosotros Violeta Parra, tal vez el medio siglo más intenso de nuestra historia.
Al recordar su muerte, forzoso es ocuparse del lugar que ocupa en la memoria de su pueblo, de lo que hay valiosos y renovados testimonios que la sindican como uno de los baluartes de la identidad nacional.
¿Cuál fue ese aporte y qué importancia adquiere en estos días, cuando conmemoramos el Bicentenario de la Independencia Nacional y debemos preguntarnos por el quiénes somos y de dónde venimos?
Pregunta vital, sin cuya respuesta quedaríamos desarmados, sujetos a toda catástrofe pues no hay tragedia mayor que el no saberse uno mismo. ¿Quiénes éramos antes de la locera prodigiosa y qué hemos devenido a partir de ella?
La discusión está abierta. Se preguntan muchos qué tenemos que celebrar en este Bicentenario, y se responden algunos que, simplemente, nada.
Llegan otros, y exponen sus razones para negar simplemente la idea de tal efemérides. Efectivamente, la pregunta es pertinente: ¿qué tendríamos que celebrar?
A eso ya respondió Recabarren en el Centenario: simplemente, nada, si miramos la historia y el presente desde la perspectiva de los trabajadores, del infinito pueblo.
Pero, escribía el Maestro en los albores del siglo XX, pocos años habían pasado desde el horrible “despertar” de la Masacre de la Escuela Santa María de Iquique; subsistía el arcaico latifundio con todo su bagaje de injusticias; el mundo obrero estaba sumido en las plagas de un capitalismo aun más subdesarrollado que en estos días; carecían los trabajadores de los instrumentos de su “emancipación”. La conciencia de clase de los trabajadores no sólo estaba dormida, aun no había despertado. No teníamos Parras ni Nerudas, ni una Mistral o un Jara. Y, entonces, ¿no sólo “qué” sino “cómo” íbamos a celebrar?
No lo olvidemos: en la respuesta que podamos formular, están comprometidos la propia obra y los escritos del Padre del Movimiento Obrero Chileno.
Pero, oigamos a la cantora insigne:
“Varias matánzicas tiene la histórica
en sus pagínicas bien imprentádicas,
para montárlicas no hicieron fáltica
las refalósicas revoluciónicas.
El juraméntico jamás cumplídico
es el causántico del desconténtico.
Ni los obréricos, ni los paquíticos
tienen la cúlpica señor fiscálico”.
¿No es verdad que nos hacía falta una Violeta para aprender nuestra propia historia?
Porque, y ello parece evidente, no es lo mismo lo que ocurrió en Chile hasta el Centenario que lo que vino después, hasta nuestros días.
Es cierto: continuaron las “matánzicas”, e incluso “se superaron” hasta el extremo de septiembre de 1973. Pero, ¿son la misma la clase trabajadora del Centenario que ésta del Bicentenario? ¿Y son Chile y el mundo los mismos que hace 100 años?
Hace un siglo, el mundo estaba tan dividido como hoy entre las naciones ricas y opulentas y las pobres y subdesarrolladas. ¿Cuántos Haití había en aquellos tiempos? Y sin embargo, ocurrió a lo largo del siglo XX un proceso de descolonización que, aunque incompleto y deformado, cambió la faz de la Tierra. Ocurrió una Revolución de Octubre, que aunque frustrada fue el acontecimiento mayor a escala planetaria, y sin la cual habría sido imposible ese mismo proceso de descolonización. Y hubo una Revolución Mexicana, agraria y traicionada; y una Guerra Civil Española, epopeya mayor de nuestros tiempos y que fue sepultada por la misma barbarie nazi que cayó bajo los ímpetus del Ejército Rojo; y hubo una Revolución Cubana…
Vivimos una hora difícil para la América Nuestra, la de Bolívar y Sandino, la de Fidel Castro y Salvador Allende.
Y nos dice Violeta:
“Cuándo será ese cuando,
señor fiscal,
que la América sea
sólo un pilar.
Sólo un pilar, ay sí,
y una bandera,
que terminen los líos
en las fronteras.
Por un puñao de tierra
no quiero guerra”.
El siglo XX fue para los chilenos el de la formación del movimiento obrero organizado, el auge de la
sindicalización y la concreción de su espíritu unitario en las grandes Centrales sindicales. Fue el siglo de la formación de los partidos obreros y populares. Fue el siglo del Frente Popular y su obra de desarrollo nacional. Fue el siglo de la sindicalización campesina y de las luchas que condujeron a la Reforma Agraria. Fue el siglo de la Nacionalización del Cobre, resultado de la conquista de un Gobierno Popular. Fue el siglo del movimiento cultural más masivo y fecundo de nuestra historia: el de la Reforma Universitaria; de un movimiento musical, con Orquesta Sinfónica Nacional y Nueva Canción Chilena; del Teatro y la Danza; del gran ciclo de los maestros de nuestra plástica y del Movimiento Muralista; el siglo de la Generación del 38 que instaló en nuestra literatura, junto a la gran poesía, los personajes obreros y campesinos, sus gestas y sus anhelos y esperanzas.
Desvalorizar el siglo XX, en este Bicentenario, ¿no es, acaso, desvalorizar todo aquello que nuestro pueblo hizo con sus manos y con su talento infinitamente multiplicado en las tantas Violetas florecidas a lo largo de nuestra geografía?
La grande, indignada y tierna poesía
Fue Violeta Parra una artista indignada, le dolían como propios todos los dolores. Y por eso cantó al niño y a la mujer, al trabajador en justa huelga; al mapuche maltratado, ahora, por los propios “chilenos”.
Pero también fue tierna, y en sus poemas hallamos el dulzor de un Cantar de los Cantares pleno de amor por sus semejantes, por la naturaleza, y por la suerte de cada uno de los que sabía y quería suyos.
La conmovió la historia, en sus hazañas y en sus caídas, y cantó así a la primera astronauta de la Tierra como al Julián Grimaú torturado hasta la muerte por el franquismo y en nombre del cual se preguntaba “qué dirá el Santo Padre que vive en Roma”.
Si queremos buscarnos, en la forma en que vivimos y tenemos conciencia de la manera de ejercer la condición humana en nuestras particulares condiciones de tiempo, espacio y clase, requisitos insalvables de una identidad diversa y en lucha permanente por afirmar sus rasgos positivos y desechar lo superfluo y “de mercado”, vayamos a Violeta: ella en nuestra Madre de la Patria.
Ella no ha muerto.
Foro Constitución y Bicentenario
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Autonomía de los grupos intermedios, una expresión de la relación capital-trabajo. Rafael Ferré.
“El Estado está al servicio de la persona humana y su finalidad es promover el bien común, para lo cual debe contribuir a crear las condiciones sociales que permitan a todos y a cada uno de los integrantes de la comunidad nacional su mayor realización espiritual y material posible, con pleno respeto a los derechos y garantías que esta Constitución establece.” La razón y la fuerza de Jaime Guzmán. El concepto de democracia. Antonio A. Lillo
El neotomismo como filosofía de Estado. Presentación del problema. Sergio Azúa.
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Es significativo el cambio de perspectiva que el autor realiza ante la influencia en el Estado de las ciencias y la racionalización capitalista, mientras Chile era Chile la conflictividad era una problema de gobernabilidad, pero en tanto Chile es inficionado por la cultura de masas y el Racionalismo la conflictividad es una crisis del Estado y del alma nacional, pudiéndose concluir que para este hispanismo cuando el Estado chileno comenzó a planificar, o racionalizar, el Estado comenzó a “des-chilenizarse”.
"El texto original de la Constitución Política de 1980 expresa:
“¿Qué ocurre si por sufragio universal libre, secreto e informado, dentro de un Estado de Derecho y con amplio pluralismo político, la mayoría se inclina por una autoridad o norma que contraviene derechos humanos o naturales básicos? ¿Debe un demócrata acatar por sobre todo la mayoría o debe defender con primacía la dignidad del hombre?” (1) Este planteamiento de Jaime Guzmán, escrito alrededor de 1985, compendia el sustrato cardinal de su noción de democracia."