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El Simón Bolívar de García Márquez (parte II). Hernán Rodríguez.

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No es extraña la vigencia de la obra de García Márquez y, actualmente en el marco de los bicentenarios. Pues precisamente en el año en que la mayoría de los escritores e intelectuales latinoamericanos de izquierda se interrogaban en torno a la caída de los socialismos reales (1989) y su en influencia para América Latina, García Márquez aparece estableciendo el debate mucho más atrás, tal vez en el seno del proyecto político moderno de independencias y en torno al cual se configuraron los proyectos de estados- nación.

La reconstrucción historiográfica realizada por el novelista colombiano aparece como una manera de repensar nuestra historia y los bastiones que sustentan nuestros proyectos. Por ejemplo, el epíteto de “longanizo” (en la escena donde le arrojan una bosta de vaca) desacraliza al héroe, a la vez que lo reduce a su condición humana por el hecho de enojarse: es tanta la humillación que sufre el general, que degradó con saña a un oficial que lo seguía sin ser visto y sólo para protegerlo.

La conciencia de su derrota está muy bien expresada en el siguiente párrafo:

“Veinticuatro años después, absorto en la magia del río, moribundo y en derrota, tal vez se preguntó si no tendría el valor de mandar al carajo las hojas de orégano y de salvia, y las naranjas amargas de los baños de distracción de José Palacios, y de seguir el consejo de Carreño de sumergirse hasta el fondo con sus ejércitos de pordioseros, sus glorias inservibles, sus errores memorables, la patria entera, en un océano redentor de cariaquito morado” (136- 137).

La muerte de Sucre y el recuerdo permanente de sus enemigos: Santander (“Casandro”) y Carujo serán algunos de los móviles que sostendrán en la novela la voluntad del enfermo.

Encontramos también en la novela la presencia de elementos que son constantes en otras obras de García Márquez, por ejemplo: animales que se comen las cortinas y los mobiliarios (en este caso una mula negra, en Cien años de soledad, las vacas); las cruces de ceniza en la frente de las amantes del general (así como en los hijos del Coronel Aureliano Buendía), la aversión contra los curas, los sietemesinos, la espera interminable por un pasaporte que cuando por fin llega no tiene validez legal (recuerda la espera infinita en El Coronel no tiene quien le escriba), los elementos mágicos y las
premoniciones -representadas por los naipes (la muerte de Sucre) y los sueños-, la figura que no termina de abandonar el país y el poder y cuya muerte se anuncia varias veces sin que ocurra (las muertes supuestas del dictador en El otoño del patriarca).

Por último, el poder ilusorio y menguado, cuando en la página 90 se finge una despedida popular:

“El puerto estaba lleno desde las cinco de la mañana con gentes de a caballo y de a pie, reclutadas a toda prisa por el gobernador en las veredas cercanas para fingir una despedida como las de otras épocas”.

Carrera Damas atribuye a tres factores la figura de Bolívar creada por la historiografía: la unidad nacional, el gobierno y la superación nacional; sin embargo, Josefina Ludmer considera que la novela de García Márquez es la versión posmoderna del mito bolivariano:

“...la modernidad es un objeto perdido; hay que hacer el duelo de Bolívar y su proyecto, y ése es el sentido de El general en su laberinto de García Márquez: una versión posmoderna del mito bolivariano de consolidación continental, que era una metáfora del proyecto ilustrado. El posmodernismo como duelo de la modernidad y su crítica. Y como escritura más “adecuada” para un mundo que nunca alcanzó, en realidad, la modernidad.”

Uno de los aspectos más significativos de la novela de García Márquez es la inclusión de anexos al final de la misma: las gratitudes, la cronología elaborada por Vinicio Romero Martínez y el mapa esquemático del último viaje de Bolívar. Tratándose de una representación ficcional, el escritor realmente no tiene necesidad de hacer esto y, no obstante, parece una autoimposición de él mismo, quizás por gratitud a la gente que lo acompañó en el proyecto escritural de la novela o como una manera de respaldar su relato. El valor de la documentación, sin embargo, se relativiza porque el escritor finalmente plasma, a través de la ficción, la visión otra del pasado que menciona De Certeau.

Con respecto al problema de la documentación y la ficción en la novela histórica, Noé Jitrik plantea que:

“Esta “acción” del documento debe ser conjugada con otras acciones porque el documento halla sus límites en la “trascripción” y, como es sabido, se trata de otra cosa, aun cuando, como sostiene Maurice Blanchot, el acto desrealizador de la escritura, de toda escritura, modifica la naturaleza de todos los discursos, incluso de los que como el de la historia, se quieren solamente transcriptivos. Y esa otra cosa se logra estableciendo una relación bien ajustada y concreta con otro elemento, el de ficción -no necesariamente el narrativo pues casi todo el discurso de la historia lo es-, que tiene, o al que se le atribuye, otras capacidades. De este modo, el documento es despojado de su narratividad y la que en cambio se le aplica o impone es la propia de la ficción, al menos tal como se la concibe a partir del gran desarrollo de la novela. Podríamos decir, entonces, que las novelas históricas resultan de una ecuación, pensada como muy equilibrada, entre dos cualidades que se dan por ciertas: la de veracidad de un documento y la de reinterpretación de una retórica o de ciertas reglas de una práctica” (22).

De esta manera, los discursos conocidos como magnos y grandilocuentes son, en la novela de García Márquez, desacralizados y reducidos a lo coloquial, como es el caso del Juramento en el Monte Sacro, el cual queda plasmado de esta manera:

“En una de las colinas, viendo a Roma a sus pies, don Simón Rodríguez le soltó una de sus profecías altisonantes sobre el destino de las Américas. Él lo vio más claro”.

“Lo que hay que hacer con esos chapetones de porra es sacarlos a patadas de Venezuela”, dijo. “Y le juro que lo voy a hacer” (135- 136).

Michel De Certeau plantea que para el escritor de la historia hay tres vías: la repolitización, la rehistorización y la personalización. Pensamos que en el caso de García Márquez este último aspecto (la personalización), es decir, la atención a las particularidades del sujeto que realiza la práctica de la historia (procedencia: región, clase, formación) es la vía seleccionada por el autor. Él mismo lo afirma en las Gratitudes, al final de su libro, cuando comenta cómo surgió el proyecto:

“Más que las glorias del personaje me interesaba entonces el río Magdalena, que empecé a conocer de niño, viajando desde la costa caribe, donde tuve la buena suerte de nacer, hasta la ciudad de Bogotá, lejana y turbia, donde me sentí más forastero que en ninguna otra desde la primera vez” (269).

En El General en su Laberinto  percibimos un conocimiento profundo de la topografía, la gastronomía, el habla y las costumbres de esta región colombiana. Sin pretensiones de encasillar la novela de García Márquez en los esquemas de Hayden White, podemos afirmar sin titubeos que, en cuanto al nivel lingüístico, la principal forma de representar la imaginación histórica es la ironía, de lo cual hay múltiples ejemplos a lo largo del relato. Y, en cuanto a la “verdad histórica” que pudiera contener la novela, aunque parte de una documentación reconocida por el autor, lo importante, nos parece, radica en su discursividad y no en su referencialidad. El valor de lo descriptivo, en la novela, hace ceder a la historia y justifica la obviedad de una heroicidad y su deterioro como despliegue de las formas narrativas.

Algunos autores, en su mayoría detractores de Gabriel García Márquez, como Enrique Krauze, por ejemplo, han sostenido que García Márquez ha escrito como lo ha hecho (aludiendo a la filiación que se establece entre su obra y el realismo mágico) con ánimo de alimentar los apetitos exotistas del lector europeo y la necesidad de representarnos a nosotros mismos, los latinoamericanos, como los europeos han querido vernos. Sin embargo una cuestión es la presentación narrativa de los hechos (realismo mágico) y otra es la representación, donde repercuten los aspectos ideológicos que probablemente sí le duelan a Krauze y suponen, al margen de los presupuestos técnicos o imaginativos, una determinada visión de mundo.

Por esto no es extraña la vigencia de la obra de García Márquez y, actualmente en el marco de los bicentenarios de las independencias latinoamericanas, de su representación de Bolivia. Pues precisamente en el año en que la mayoría de los escritores e intelectuales latinoamericanos de izquierda se interrogaban en torno a la caída de los socialismos reales (1989) y su en influencia para América Latina, García Márquez aparece estableciendo el debate mucho más atrás, tal vez en el seno del proyecto político moderno de independencias y en torno al cual se configuraron los proyectos de estados- nación en nuestro continente. La reconstrucción historiográfica realizada por el novelista colombiano aparece como una manera de repensar nuestra historia y los bastiones que sustentan nuestros proyectos.


Bibliografía:

- CARRERA DAMAS, Germán (1969). El culto a Bolívar. Caracas: Universidad Central de Venezuela, Facultad de Humanidades y Educación.

- DE CERTEAU, Michel. La escritura de la historia. México: Universidad Iberoamericana.

- GARCÍA MÁRQUEZ, Gabriel (1989). El general en su laberinto. Bogotá: Editorial La Oveja Negra.

- JITRIK, Noé. De la historia a la escritura: predominios, disimetrías, acuerdos en la novela histórica latinoamericana. En: Daniel Balderston (Comp.) The Historical Novel in Latin America. A symposium. Gaithersburg: Ediciones Hispanoamérica. 1986.

- LUDMER, Josefina (1994). El Coloquio de Yale: máquinas de leer “fin de siglo”. En: Las culturas de fin de siglo en Amèrica Latina. (Josefina Ludmer, comp.). Argentina: Beatriz Viterbo Editora.

- WHITE, Hayden. (1978). Tropics of Discourse. Essays in Cultural Criticism. Baltimore and London. The John Hopkins University Press.

 


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